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Quintiliano


QUINTILIANO Y SU IDEA DEL DECORUM; ESTILO, ÉTICA Y RETÓRICA

El ideal humano concebido por Quintiliano en su Institutio oratoria, de un orador dotado de un alto sentido moral y que presta sus servicios a la comunidad en que vive (el famoso vir bonus dicendi peritus) ha sido objeto de numerosos análisis. Con esta idea como marco, este trabajo estudia el concepto de decorum ('lo apropiado', 'lo adecuado'), primero desde un punto de vista general (en sus dimensiones moral y artística) y luego desde la perspectiva del sistema de la retórica y de la contribución concreta de Quintiliano. Así, el decorum, que se asocia sobre todo, pero no exclusivamente a la selección estilística, a la elocutio, se perfila como la categoría central a la hora de tomar decisiones dentro de las posibilidades que ofrece el sistema retórico. Al tratarse de una categoría no técnica, externa al sistema de categorías que configuran y organizan la producción retórica, su elevación a criterio decisivo subraya aún más la dimensión moral de la que, incluso en cuestiones estilísticas, Quintiliano desea dotar a la retórica.
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Y de aquí podemos extraer algunas conclusiones sobre cuál es la sociedad en la que Quintiliano o Cicerón querrían vivir, o al menos sobre cómo debería funcionar de manera real, no ideal, la resolución de conflictos en el seno de ésta. En primer lugar, sería una sociedad en la que los conflictos se resuelven en el ámbito público, mediante el uso de la palabra y la confrontación de las ideas. En segundo lugar, los protagonistas de esa confrontación pública serían los oradores, personas dotadas de cierta educación que actúan sometidas a un principio supremo, el del decorum, de naturaleza moral. Ese principio es algo intersubjetivo, se construye en el ámbito colectivo, es el resultado de juicios diversos y a veces contradictorios, y no puede ser universal. Con ello se introduce un elemento corrector en un práctica, la retórica, que en principio es amoral y potencialmente peligrosa.
Por ello, según hemos visto, la apropiado no puede residir en la satisfacción a toda costa del auditorio, pero la remisión a la subjetividad de cada orador tampoco resulta una explicación cómoda. ¿Hay entonces algún sitio donde encontrar un criterio, aunque sea variable y de límites imprecisos? La respuesta es claramente afirmativa: del mismo modo que al definir la norma lingüística, ha de acudirse al consenso de los hombres superiores, al de la aristocracia dotada de cierta educación, como decíamos antes.
Podemos extraer de aquí varias propuestas de aplicación hoy en día. En primer lugar, considerables dosis de realismo: se admiten las debilidades de la naturaleza humana, se cuenta con ellas para la construcción de una sociedad sin sacrificarla en aras de utopías eternamente diferidas. En segundo lugar, se defiende el valor de la público como ámbito de resolución de conflictos. En tercer lugar, se reivindica el valor de la educación como fundamento de todo la anterior. Se trata, sí, de ideales que uno cree que deberían ser obvios hoy en día, pero que no se hacen explícitos tan a menudo como sería preciso.

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