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Marzo 2021

Si te abrazo, no tengas miedo
de
   Fulvio Ervas   

    Andrea é un adolescente autista: vive nun mundo afastado e paralelo; as palabras escápanselle e loita constantemente por atrapalas. Durante anos, Franco, o seu pai, lévao a todo tipo de terapias: tradicionais, espirituais, experimentais… Mediante o computador, o mozo é capaz de comunicarse cos seus pais, e a través das súas palabras coñecemos os sentimentos e soños que leva dentro: Son un home prisioneiro dos meus desexos de liberdade. Andrea quere curarse.
    Un día de 2010, e en contra de todas as opinións expertas, pai e fillo inician nunha viaxe incríbel: percorrerán en moto 38.000 km do continente americano, desde Miami ata Porto Seguro (Brasil) durante máis de catro meses.
    A novela (partindo dunha tradición literaria  que, desde Conrad a Keruac, utiliza a imaxe da viaxe para mostrar a evolución interior do personaxe), é o relato desta viaxe, que transformou as  vidas de pai e fillo; contaxia optimismo, humanidade e empatía; tal e como llo contaron Andrea e o seu pai, durante un ano ao autor,  Fulvio  Ervas. Unha aventura grandiosa, impredicible, como Andrea.

    (...) Hace quince años, estaba tranquilamente en el tren de la vida, cómodo, con mis seres queridos, con las cosas que conocía. Y, de repente, Andrea me sacudió, le dio la vuelta a los bolsillos, cambió las cerraduras de las puertas. Todo se volvió confuso.
    No hicieron falta muchas palabras:
    -Probablemente su hijo sea autista.
    La primera reacción fue de incredulidad: no puede ser, debe tratarse de un diagnóstico erróneo. Así que empecé a reunir pequeños indicios, elementos que antes consideraba insignificantes; estaba equivocado.
    Después se desató un huracán, dos huracanes, siete tornados.
    Desde entonces estoy en medio del vendaval.
    En cuanto me dieron el diagnóstico, salí, entré en un bar y pedí un vaso de agua mineral.
    -¿Quiere algo más? -La camarera debió de fijarse en mi inmovilidad.
    -¿Usted sabe algo del autismo? (…)
    Era una noche de finales de mayo, no podía dormir. Me acordaba del grito de Andrea de unos días antes, después de protagonizar uno de sus muchos jaleos. Vagaba por la casa, estaba terriblemente inquieto. Le pregunté qué le pasaba, insistí, y él me agarró por los hombros de forma extraña. Se me quedó mirando a los ojos como nunca había hecho antes. Abrió la boca de par en par dejando escapar un grito que parecía haber atravesado una extensión infinita de días. Me pareció que decía, diría que lo oí: no puedo, no puedo, no puedo… (…)
    A la mañana siguiente, muy temprano, Andrea ya se había levantado y deambulaba por la casa en pijama. Seguía el perímetro de la mesa, tocaba el sofá, examinaba la ventana del salón. Busqué las zapatillas, sin encontrarlas. Me imaginé que estarían perfectamente alineadas debajo de la silla del despacho. Con los pies descalzos, pisé un trozo de papel, luego otro, hasta que vi un montón de pedazos diminutos sobre la mesa, (…)
    La idea de hacer un gran viaje empezó a germinar en mi interior, en silencio. Como un virus. Sin manifestaciones evidentes. No sentía la necesidad de elaborar un plan detallado. Para Andrea, las horas de cada uno de los días siempre son un imprevisto. Para mí también será así, y que salga como tenga que salir.
    Una mañana salí a recibir a Andrea cuando volvía del colegio, con su paso ligero. Lo vi llegar y le pregunté si le gustaría hacer unas vacaciones especiales. Él se distrajo con la ropa que había tendida en el patio de una casa. Salió corriendo y empezó a agrupar las sábanas, a cambiar las pinzas de sitio, a enderezar los calcetines.
    -¿Nos vamos lejos? -le pregunté.
    Me miró de reojo y sonrió.
    -Andrea, ¿nos vamos a América?
    -América bonita.
    Allí, delante de aquella ropa ordenada como sólo Andrea sabe hacer, me dije: Andrea y yo cruzaremos todas las Américas posibles e imaginables, dos o tres, las que encontremos. Nos iremos por ahí todo el verano, como exploradores.(...)



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