3.13 Eloísa está debajo de un almendro

Clotilde. — (Dentro.) ¡Sujetad los perros!

Luisa. — (Dentro.) ¡Ya están!

Micaela. — (Dentro.) ¡Yo siempre sé lo que me digo!

Clotilde. — (Dentro.) Y ayudadme...

Práxedes. — (Dentro.) ¿No le basto yo? ¡Ah! Bueno, por eso...

Micaela. — (Dentro.) ¡Yo siempre tengo razón! ¡Yo siempre tengo razón!

Clotilde. — (Dentro.) ¡Calla, Micaela!

Micaela. — (Dentro.) ¡No quiero! ¡No quiero callar! (La primera que surge por la escalera del fondo es Micaela, que viene en tal actitud de desvarío, que ni ve por dónde anda ni a los que están en escena.) ¡Todos habláis de mí como de una loca, como si yo no supiera lo que me digo! ¡Y sé lo que me digo! Ya lo estáis viendo. El lunes anuncié ladrones para hoy, y ¡ahí los tenéis! ¡Ya ha caído uno!

(Entre tanto, por la escalera, ha entrado y avanza por entre los muebles un grupo formado por Clotilde, que viste un traje de calle muy sencillo; Práxedes y Luisa, que es una doncella joven, trayendo en medio a Ezequiel, el cual viene muy pálido, quejándose gravemente, con el abrigo roto, la pechera del smoking hecha un higo, la corbata y el cuello en una mano y la otra liada en un pañuelo.)

Fernando. — (Asombrado.) ¡Tío Ezequiel!

Fermín. — ¡El señor Ojeda!

Micaela. — (Yendo de un lado a otro.) ¡Ya ha caído uno! ¡Ya ha caído uno!

Clotilde. — ¡Calla, Micaela, calla! (A Luisa.) Tú, trae árnica y algodón, que el señor debe de tener mordeduras.

Luisa. —Sí, señora. (Se va por la escalera.)

Ezequiel. — ¡Y agua!

Clotilde. — ¡Y agua! Un vaso de agua para el susto.

Práxedes. —Agua, hay aquí. ¿Qué dice? ¿Qué no? ¡Ah! Bueno, por eso... (Le sirve un vaso de la mesa a Ezequiel.)

Ezequiel. —Yo debo de estar malísimo, porque veo la habitación llena de muebles.

Fernando. —Y lo está realmente, tío Ezequiel.

Ezequiel. — ¡Vaya! Menos mal. Eso me tranquiliza.

Clotilde. — ¡Qué cosa tan desagradable, Dios mío! Tiene usted mordeduras, ¿verdad?

Ezequiel. —Sí. Tengo de todo.

Clotilde. — ¡Claro! Si Micaela le echó encima a Caín y a Abel...

Fernando. — ¿Te han mordido los perros, tío?

Ezequiel. — ¿Los perros? No. Aquella señora. (Señala a Micaela.). Los perros no hacían más que ladrar los animalitos. Pero aquella señora... Sujetadla bien, que no vuelva.

Clotilde. —No tenga cuidado, que estoy yo aquí.

Ezequiel. —También estaba usted antes... ¡y ya ha visto!

Fermín. —No tema el señor. Ahora la vigilo yo.

Fernando. —Pero ¿cómo ha podido ocurrir? Yo te hacía en el cine...

Ezequiel. —Me marché aburrido, y me dio la idea de venir a buscarte...

Fernando. — ¿A buscarme? ¿Y para qué tenías que venir a buscarme?

Ezequiel. —Te habías ido del cine tan excitado... Y por si tenías algún otro disgusto con Mariana, para consolarte y hacerte compañía...

Fernando. — (Con aire de no creer lo que le dice.) ¡Ah! Sí, sí...

Ezequiel. —Llegué; iba a llamar, cuando vi que se habían dejado la verja abierta, y entonces entré...

Clotilde. —Yo, yo... Yo que... había bajado... porque me dolía mucho la cabeza..., pues le encontré de manos a boca.

Ezequiel. —Y estábamos hablando cuando surgió esa señora con los dos hijos de Adán. Se me echaron los tres encima, y...

Clotilde. —Es Micaela, la hermana de Edgardo.

Fernando. —La que no sale de su cuarto por el día.

Ezequiel. —Y la que colecciona búhos.

Fernando. — ¡Pobre señora! Voy a saludarla.

Ezequiel. —Ten cuidado, que muerde.

Jardiel Poncela, Enrique, Eloísa está debajo de un almendro (1940)

 

 

Actividades propuestas

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