CONJUNTO ARQUEOLÓGICO DE ITÁLICA-SANTIPONCE SEVILLA

 

                                               “ tras la calma, las legiones oraron,

se desprendieron de sus armas y escudos,

fijaron sus tiendas en el nuevo suelo,

ondearon los estandartes al viento.

  

     ¡Qué belleza, parece Roma!

¡Queremos ser cautivos de este cielo!”

   de Francisco Vélez Nieto

 

La ciudad romana de Itálica, ubicada en el Bajo Guadalquivir, a medio camino entre Sevilla (Hispalis) y Alcalá del Río (Ilipa) y muy próxima a las rutas que conectaban con la zona de explotación minera de la Sierra Norte de Sevilla y Huelva, desempeñó un importante papel estratégico tanto en lo político-militar como en lo económico durante el Alto Imperio romano, prueba de ello es que llegó ocupar una superficie aproximada de 52 hectáreas.

Sus orígenes se remontan al año 206 a.C., cuando el general Publio Cornelio Escipión, en el contexto de la segunda Guerra Púnica, derrotó a los cartagineses en la batalla de Ilipa y estableció un destacamento de legionarios en el Cerro de San Antonio, lugar donde ya existía una población turdetana desde el siglo IV a.C. Si bien al principio ambas comunidades convivieron en este espacio próximo al Guadalquivir, pronto el elemento romano impuso sus modos sociales y políticos. En la segunda mitad del siglo I a.C. la ciudad adquiere el estatuto municipal y, pasado el tiempo, durante el gobierno del emperador Adriano (117-138 d.C.), el de colonia, con lo que se equipara administrativamente a la metrópoli.

Las familias de Trajano y Adriano son oriundas de Itálica, y fue punto de origen de buena parte de los senadores de la época. Desde los tiempos de Augusto, en el cambio de Era, la ciudad fue objeto de continuas mejoras urbanísticas y arquitectónicas, destacando entre ellas: el Teatro, iniciado durante su mandato o quizá ya en la época de César y con capacidad para unos 3.000 espectadores; el Anfiteatro, uno de los primeros de todo el Imperio en aforo; o la ampliación de la ciudad, acometida en época de Adriano.

El ocaso de la dinastía de los Ulpios y los Aelios, llamada también de los Antoninos, en la que tanto peso tenía el elemento hispano, así como la caída de una serie de importantes familias de la Bética, determinan la decadencia de Itálica, que no hará sino acentuarse desde la llegada al poder del africano Septimio Severo. Son pruebas de este ocaso el colapso de buena parte de sus edificios públicos, de sus infraestructuras y de algunas de las mansiones erigidas en la fase de mayor desarrollo urbanístico, así como la reducción que parece operarse en el solar urbano en un momento indeterminado entre los siglos III o IV.

Además de los factores políticos, sociales y económicos, la inestabilidad del subsuelo donde se asentaban estas edificaciones tuvo, probablemente, mucho que ver con el abandono de una porción del área amurallada. A pesar de todo, aunque la ciudad se desprende en esta época de aquello que es demasiado costoso recuperar, aunque pierde peso político y económico en beneficio de Hispalis y Corduba, Itálica no se eclipsa totalmente y todavía en época tardorromana encontramos algunos ejemplos de esplendor ciudadano, como vemos en sus casas o en su necrópolis.